Alitas de pollo al horno. Facil de hacer

El fogon de la abuela

A mi toda la comida hecha al horno me resulta fascinante. Creo que tiene menos grasa que la comida frita, además, para mi gusto, está muy rica. No se como preferiréis vosotros las alitas de pollo. Si queréis probar así fenomenal. En mi casa, de pequeño, solo se podía poner el horno cuando se encendía el fogón con leña y carbón. En verano, según mi abuela, era más difícil que “tirara”, creo recordar que por algo de que hacía menos aire.

Así que en invierno,con el fogón encendido calentándonos, preparábamos las alitas de pollo. Ahora ya, me imagino, no tenemos esos estupendos fogones con los que, yo al menos, disfrutaba.

Alitas al horno

Como siempre, se calienta bien el horno y mientras tanto preparamos una salsa de: Aceite, ajo picadito, perejíl tambien picadito, sal y zumo de limón. Todo a gusto.

En una fuente refractaria, se colocan las alitas y se riegan con parte de esa salsa que hemos preparado. Metemos en el horno a unos 180º aproximadamente.

Cuando veamos que parece que se va quedando sin salsa, añadimos otra poca. Y así hasta que veamos que ya están a punto, según las queráis más retostaditas o menos. Durante todo este tiempo, hasta que se hagan, hay que observar que no se vayan quedando secas e ir añadiendo salsa. Y cundo ya están hechas las alitas se sirven en plato.

Las patatas al horno

Mientras estamos haciendo las alitas, cogemos unas patatas, tantas como comensales seamos. Se envuelven en papel de aluminio y se meten al horno, en un ladito. Cuando estén listas las patatas, se sirven en el plato junto a las alitas.

Las patatas las podéis comer con la salsa que queda en la bandeja de las alitas o podéis poner un ali-oli o cualquier otra salsa que os guste.

Postre de la niñez

Primero se machaca muy bien un plátano hasta que quede casi papilla. Se desmenuzan unas galletas tipo maría sobre el plátano y se echa sobre esta mezcla, zumo de naranja. Se bate bien, quedando una mezcla homogénea. Las proporciones al gusto, quedando más ligero o más espeso este postre.

Si queréis podéis poner de adorno unos pequeños barquillos, que también podréis comer.

El calor del fogon

Por cierto, ¡como me gustaba ver!, ahora ya casi leyenda para mi, la historia de encender el fogón mi abuela. Me fijaba atentamente, los niños, cuando les gusta algo, anda que no ponen atención. Primero ponía papel de periódico, era lo que había, después de prendido el papel echaba las astillas que compraba al carbonero de mi barrio. Y cuando llegaba el momento añadía el carbón que era lo que se mantenía más tiempo encendido. Eso si, si quería que durara un poquito más, entrada la tarde, tenía que seguir añadiendo carbón. Dependía mucho de como estuviera de frío el día y, lo de siempre, cuanto dinero hubiera en ese momento disponible para esto y otras cosas.

No se si sabréis, muchos si, que eran un solo “aparato” el fogón y el horno, se echaban los combustibles por la parte de arriba del fogón y la temperatura de este lugar calentaba el horno y también un deposito de agua que había encima, este separado pero unido por unos tubos, en mi casa era así. Por supuesto cuando el fogón no se encendía lo de bañarse era un poquito complicado. Ya os contaré, en otro momento, como hacíamos. Y como venían alguna vez los deshollinadores por la cosa de la chimenea. Otro día os cuento.

 

 

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